Mi vida... tal cual

jueves, mayo 06, 2010

The arrival

(OST de Gattaca, 1997)

Salía con el resto de pasajeros caminando a través del pasillo designado para nuestro desembarque. Después de tantísimo tiempo esperando este momento, no me creía que estuviese justo al llegar. Era como cuando muere un familiar cercano y no acabo de asimilar que deje de existir como forma de vida: me costaba asumir la realidad. No obstante, estos instantes, estaban siendo interminables.

Caminaba por un largo corredor. Sólo veía gente yendo hacia adelante. Pasajeros provenientes de otras puertas se unían a nuestras filas, siempre moviéndose en una dirección. Subjetivamente, estaba siendo mucho más largo y duradero que el viaje de 10 horas de duración que tenía a mis espaldas.

Hacía 6 meses que no la veía. Aunque tentado, supe saber llevar la relación, aunque fuese a distancia. Siempre me había dicho a mi mismo que nunca acabaría en tal situación, pero... meé contra el viento.
Cada vez que conocía a alguna chica atractiva y además, receptiva hacia mi, me bloqueaba mentalmente pensando en todos los buenos momentos que había pasado con mi pareja.
De cualquier forma, todo eso ya no importaba: a cada paso estaba más cerca del cuerpo que enfrascaba el alma que me correspondía, que me completaba. Parecía tanto tiempo el que había pasado que los recuerdos costaba diferenciarlos entre sueño y realidad. Ya no sabía qué detalles habían sido completados por mi cerebro en nuestro exilio de labios.

Por fin, un giro, después del largo pasillo, hacia la izquierda. Paso de largo a la aglomeración de gente esperando sus pertenencias facturadas: siempre había sido de equipaje ligero. Mochila en espalda y poco más.
La salida: esos cristales tintados, con corredera, que harían las de telón, al abrirse, en una obra de teatro, dando comienzo a la función. Función que llevaba muchísimo tiempo esperando, quizás demasiado. Respiro hondo, intentando no perder la calma. Reprimo mis deseos de orinar por ansiedad y anticipación a verla.
Me acerco a las puertas de cristal; éstas se abren. Instantáneamente, comienzo a buscar entre la gente. Caras expectantes de seres queridos me dirigen la mirada y vuelven a lo suyo al comprobar que no soy yo a quién esperan.

No encuentro a mi amada, al menos no en un primer momento. No oigo ningún grito susurrando mi nombre, ni nadie corriendo. Me desconcierta, haber pensado en todo esto de otra forma. Me aparto un poco de la gente, para terminar de buscar entre la multitud. Después de cerciorarme que simplemente, no estaba allí y... por qué no, perder un poco la esperanza, dirijo la mirada hacia la izquierda: un taconeo leve me llamó la atención, era ella. Estaba lo suficientemente lejos como para no poder distinguirla bien, pero de alguna forma, su aura, su olor, su andar me habían indicado en la dirección correcta.
Comienzo a caminar directamente hacia ella. Al par de segundos, se percata de mi presencia. Sin correr, continuamos avanzando el uno hacia el otro, conscientes de lo mucho que hemos pasado hasta este momento, dándole el homenaje que se merece. La abrazo, recuerdo ese olor tan característico que ya sólo percibía en sueños. Siento, como si parte de lo onírico se hubiese fusionado con el mundo, mi mundo. Acto seguido, la beso. Y aunque sea de forma dulce, siento algo distinto. Siempre he sido de los que se mueven por la vida según sus sentimientos. Absurdo para algunos, filosofía para otros, comencé a entender qué me estaba ocurriendo: El tiempo, los sueños, las tentaciones, Dios sabe qué, habían hecho que lo que tenía entre mis brazos se hubiese convertido en una amiga más, un familiar, alguien con quien la vinculación sexual es inexistente. No deseaba hacerle el amor, ni tampoco penetrarla sin contexto sentimental: no sentía nada. Besarla simplemente me hacía pensar en el sinsentido que conlleva juntar labios y lenguas sin sentimiento. Ni atracción sexual, ni amorosa, ni complicidad... nada; la nada más absoluta.

Derramo una lágrima, que ella confunde con llorar de felicidad, susurro un "Lo siento", y me dirijo al primer mostrador que se me ocurre. Sacar un pasaje cualquiera no es ningún problema siendo controlador aéreo. Oigo un llanto detrás de mi, gritos pidiéndome explicaciones, culpándome de todo: echándome toda la mierda que tenía guardada dentro. Me digo a mi mismo que es mejor que saque todo lo que la mantenga atada a mi, pues ya no tiene sentido seguir.

Me entregan la tarjeta de embarque, comienzo a caminar sin mirar atrás y decenas de minutos más tarde, vuelvo a estar en un avión. Dirección Kiev, sin planes en mi cabeza. No sé qué me depara la vida, pero no es esto. Entonces me levanto, voy al baño y por fin, orino.